2 o 3 ideas.
15 a 20 recetas con variaciones y ejecuciones probadamente perfectas.
1 canción de amor.
1 canción de cuna.
Algunos incontables momentos naranja.
Dos pares de zapatos para bailar.
8 poemas.
64 pestañas superiores, aproximadamente.
Un par de manos.
Tres cucharadas de café.
4 obras de teatro.
1 flor.
7 películas.
10 compositores.
1 carta.
1 pulsera.
Algunos cientos de sonrisas.
3 copas de vino.
11,5 minutos.
11,5 días.
26 letras.
2 perros.
1 gato.
3 mares.
4, no, 5 ilusiones.
9.5.13
1.5.13
Working Class Narcissus
My collar
is blue
But my neck’s
still red
My soul has
to grow corns
As well as
my middle finger
From writing
From pointing
out that
I’ll work
and I’ll pay taxes
-I’ll not be
certain what good they are, though.
And yet
I won’t
stop avoiding death
By reading
a gloaming
And listening
to the poetry
Of a
speechless youngster
Who doesn`t
know anything at all
About the
daily insanity
Because he’s
very busy
Falling in
love with
his very
own soul.
9.4.13
17.3.13
Lección de Lingüística, tercera parte
¿Ha notado usted cómo en los últimos tiempos el vocativo ha
perdido su uso casi por completo, exceptuando quizás las madres que insisten en
interrumpir las actividades filiales con un grito que va más allá de la capacidad
humana, especialmente si se trata de una casa de dos pisos, para llamar a los
críos a comer? Es un verdadero lío explicarles el caso vocativo a los alumnos
de etimologías, cuando también difícilmente aprehenden el nominativo.
Pareciera que el acusativo ha triunfado más allá de la
morfología en el español actual. Para demostrarlo, solo basta con poner atención
en el habla de la gente –estuve a punto de escribir coloquial, pero ya se han
visto casos en el “habla culta” o por lo menos en lo que nos quieren hacer
creer que es un modelo–, y la manera exacerbada en que utiliza el pronombre
reflexivo, como si todo se les hiciera a ellos, todo es personal: “Te me
desesperas muy rápido”; “Me desayuné muy temprano”; o el terrible “Díceselo” –
del que ni siquiera estoy segura de la ortografía.
Por otro lado, los textos académicos que evitan, a toda
costa, afirmar algo en primera persona. Yo misma latigueo a mis alumnos cuando
empiezan un ensayo por el famosísimo “Yo creo que…” –claro, que no tanto como
cuando empiezan con “Bueno,…”. Debe haber un punto en el que se tenga la
autoridad suficiente como para poder afirmar algunas cosas desde la primera
persona, y del singular. El plural es todavía más molesto: no se sabe si la
persona que escribe –o habla– es como un esquizofrénico tipo Gollum. El peor de los casos, esas personas que siempre van
de dos en dos –y que generalmente tienen una relación romántica, de amistad, o
me han tocado ya los hermanos que todo el tiempo están juntos– que se les hace
imposible narrar cualquier actividad en singular, lo que, además de hacer
patente la soledad de uno que escucha, disuelve la personalidad del emisor.
Es evidente, pues, que tenemos miedo a invocar. Por muy absurdo que
esto parezca. Llamar en auxilio era lo que hacían los poetas para iniciar sus
textos, encomendándose a las musas. Se invocan los derechos establecidos por
las leyes, por la razón; cosas poco desdeñables. ¿Qué pasa cuando escribo sin
nominar, sin invocar, tirando la carta en la botella al mar sin esperanza
alguna de que sea encontrada y abierta, leída y que de alguna forma sea contestada?
La réplica más rápida podría ser el caso de los diarios; sin embargo, un diario
–así funcionan– son registros personales, en cuyo caso el mismo autor es el
receptor del mensaje embotellado. Y si creemos en eso de que elmismohombrenocruzaunríodosveces,
está lista la respuesta. Siempre hay la expectativa de un lector, aunque sea un
instante; luego, elaboramos los mensajes con cierta predisposición hacia ese
posible receptor. Algún guiño, consciente o no, tendrá el discurso. Tú lo
sabes.
14.3.13
Lección de Lingüística, segunda parte
La lengua, concebida
como un sistema de representaciones que podemos considerar organizado, cumple
un número de funciones limitadas, según Jakobson, por la focalización del
elemento predominante en el circuito de la comunicación. Fuera de la función
emotiva (concentrada en el emisor), la referencial (contexto) y la apelativa
(receptor), las demás hablan per se
del acto comunicativo: la fática, metalingüística y poética. Es mucho esfuerzo.
La función más enigmática, contrario a lo que románticamente pudiera parecer,
no es la poética, sino la fática. Consiste en comprobar que se ha establecido
el canal de comunicación. Podríamos reducirlo a una cuestión física –si yo digo
algo en voz alta en mi casa, difícilmente me escuchará mi madre, en la suya.
Peor aún si se habla –o se hace el intento- con los muertos. Los ausentes no
escuchan, y es precisamente porque han decidido –o se ha decidido por ellos- no
estar. Entonces nos inventamos otros medios: el telégrafo, el teléfono, y otros
teles que aunque no lo lleven en el
nombre establecen la distancia en sus significados, entre emisor - receptor. A la distancia, me
comunico. No queda claro si esto establece también una "sensación" de cercanía.
Esto plantea, al
menos, dos problemas: El famoso “Te digo a ti, Juan, para que tú escuches,
Pedro” y lo que se puede englobar, un poco arbitrariamente, en la cuestión
epistolar.
Las cartas –y sus
versiones contemporáneas (correos electrónicos, mensajes en texto por
diferentes vías)- generalmente tienen destinatarios precisos. Es imposible –o
al menos mi conocimiento tecnológico no llega a saberlo- mandar un mensaje de
texto al aire, y que quiensea lo lea. Las cartas por correo “tradicional” deben
llevar un destinatario o serán devueltas al remitente. Pero existen las cartas
en botellas que, generalmente escritas por náufragos desesperados, arrojan a la
mar infinita con la esperanza de que alguno, quiensea, las lea y actúe
consecuentemente. ¿No hacemos eso cuando tuiteamos, actualizamos nuestro estado
o publicamos cualquier cosa en la internet? ¿No será que la mayoría de los
libros publicados a lo largo de toda la historia de la humanidad son botellas
al mar? Y digo la mayoría porque, como
bien sabemos, hay algunos que también tienen destinatarios específicos,
mentados o no en dedicatorias, o como en las famosas “etiquetas”.
El escritor que
centra su texto en el receptor es desdeñado por la literatura porque
precisamente desplaza a la función poética por la apelativa –íntimamente
relacionada con la propaganda y la publicidad– dejando en segundo plano los
procedimientos estéticos que en teoría deberían de ser su razón de existir.
¿Qué pasaría si un escritor focalizara el texto en saber si se le está leyendo;
o, mejor dicho, en saber si está logrando comunicar algo? ¿Se le desdeñaría igualmente por el simple hecho de que su texto se puede reducir a "¿Me escuchas?"
La mayoría de los
hablantes de una lengua tienen por sentado que, si el receptor posee la misma,
la comunicación será factible, realizable. Los poetas saben que esa lengua es
defectuosa y que no logra comunicar lo que se intenta en su estado “natural”;
los científicos la desprecian por completo y se han inventado el lenguaje de
las matemáticas para ello; (los lingüistas dudan secretamente que la comunicación
sea posible del todo) y el resto nos inventamos otros medios, tal vez más
burdos, desorganizados, imprecisos, en persecución de ese afán cruel: recurrimos
a otras lenguas, manoteamos, insertamos emoticones, enviamos flores, suspiramos
y fruncimos el ceño. La comunicación escrita funciona de una manera mucho más compleja. ¿Cómo comprobar el canal? ¿La botella del náufrago es abierta y leída su carta? ¿Se entiende que es una carta de náufrago?
17.2.13
Lección de Lingüística parte I
Hay una estrecha relación entre el lenguaje y el pensamiento. Nadie lo puede negar, a pesar de estar o no de acuerdo con Chomsky. Tan es así que he visto cómo la gente no puede entender que "silla" no es el objeto que se designa con ese nombre. Tan es así que lo que en una mente es una silla, no lo es en otra. Tan es así que cuando alguien dice: "Es que sí sé lo que es, pero no puedo explicarlo con palabras" desconfío de que realmente sepa de lo que habla. Si no se puede poner en palabras, es porque no se tiene claro el concepto. Si las palabras que se usan para explicarlo son erróneas, el concepto muy probablemente también lo sea -o esa persona desdeña las palabras, lo cual ya es un indicio grave de apatía intelectual.
Las palabras repetidas una y otra vez en diferentes contextos -o más grave aún, a diferentes personas- pierden su valor. Es como si usáramos un billete para hacer la misma transacción una y otra vez pero con diferentes mercaderes hasta que el billete desaparece. Es como contar un chiste al mismo receptor varias veces, incluso después de que fue explicado.
Muchos no podemos explicar qué es el amor, qué es dios, justicia, odio, humanidad. Afortunadamente, existe la poesía.
La poesía reacomoda los significados mediante la presentación de los mismos significantes en maneras innovadoras. Los poetas entienden ese misterio. Entienden que los nombres se quedan cortos. Entienden que los nombres no son nada. Que decir te amo te amo te amo no significa nada. Que un poema recitado a una y otra amante pierde valor, y también el recitador. Pierde valor incluso de forma retroactiva. Pero también entienden que hay veces que hay que decir que te amo, te odio, te espero, aléjate, sé mío deben decirse cuando deben decirse, y que si no sé que otra cosa decir es porque ya no tengo nada que decir, o no me queda claro, y mejor no digo nada porque el silencio también significa, pero nadie sabe qué quiere decir, porque no dice nada.
Hay otros lenguajes, hay otros pensamientos. Mucho de lo que nos hace humanos lo gastamos en intentar decir algo. La escritura, por ejemplo. Un gesto heróico. Lo que se sospecha entre líneas. La incertidumbre ante la multiplicidad de interpretaciones nos deja peor que desnudos, totalmente desarmados, vulnerables. Tener la certeza de algunas palabras da la fuerza suficiente para iniciar revoluciones, contraer matrimonio, dejar las drogas, creer en algún dios. Entregarse, pues.
Las palabras repetidas una y otra vez en diferentes contextos -o más grave aún, a diferentes personas- pierden su valor. Es como si usáramos un billete para hacer la misma transacción una y otra vez pero con diferentes mercaderes hasta que el billete desaparece. Es como contar un chiste al mismo receptor varias veces, incluso después de que fue explicado.
Muchos no podemos explicar qué es el amor, qué es dios, justicia, odio, humanidad. Afortunadamente, existe la poesía.
La poesía reacomoda los significados mediante la presentación de los mismos significantes en maneras innovadoras. Los poetas entienden ese misterio. Entienden que los nombres se quedan cortos. Entienden que los nombres no son nada. Que decir te amo te amo te amo no significa nada. Que un poema recitado a una y otra amante pierde valor, y también el recitador. Pierde valor incluso de forma retroactiva. Pero también entienden que hay veces que hay que decir que te amo, te odio, te espero, aléjate, sé mío deben decirse cuando deben decirse, y que si no sé que otra cosa decir es porque ya no tengo nada que decir, o no me queda claro, y mejor no digo nada porque el silencio también significa, pero nadie sabe qué quiere decir, porque no dice nada.
Hay otros lenguajes, hay otros pensamientos. Mucho de lo que nos hace humanos lo gastamos en intentar decir algo. La escritura, por ejemplo. Un gesto heróico. Lo que se sospecha entre líneas. La incertidumbre ante la multiplicidad de interpretaciones nos deja peor que desnudos, totalmente desarmados, vulnerables. Tener la certeza de algunas palabras da la fuerza suficiente para iniciar revoluciones, contraer matrimonio, dejar las drogas, creer en algún dios. Entregarse, pues.
20.10.12
Pizza Jazz Café
Un accidente en la lateral de Tlalpan.
Una noche de viernes.
Salir un poco ebrio de un bar para meterse en otro, sin haber tomado una gota de alcohol.
La ciudad, por supuesto.
(No hay jazz para el campo).
Supongo que los músicos y los poetas
tienen lo mismo en común que John Dos Passos y Charlie Mingus.
Y que hay hombres
que son como un poema de Jack Kerouac;
intraducibles, totalmente destruidos, absolutamente hermosos.
Y hay música
y poesía
que no se destruye ni se transforma;
solo se improvisa.
En el desorden de las coincidencias
de repente surge una tonada,
un recuerdo
de un lugar nuevo,
un jazz que se superpone a otro.
El baterista no da el beat.
El bajo hace las veces de guitarra,
la trompeta de acordeón
y un palo flamenco funkea.
Se preparan pizzas de arúgula.
El cocinero toca el sax.
Yo improviso el viernes por la noche.
Y todo marcha como debe ser.
Una noche de viernes.
Salir un poco ebrio de un bar para meterse en otro, sin haber tomado una gota de alcohol.
La ciudad, por supuesto.
(No hay jazz para el campo).
Supongo que los músicos y los poetas
tienen lo mismo en común que John Dos Passos y Charlie Mingus.
Y que hay hombres
que son como un poema de Jack Kerouac;
intraducibles, totalmente destruidos, absolutamente hermosos.
Y hay música
y poesía
que no se destruye ni se transforma;
solo se improvisa.
En el desorden de las coincidencias
de repente surge una tonada,
un recuerdo
de un lugar nuevo,
un jazz que se superpone a otro.
El baterista no da el beat.
El bajo hace las veces de guitarra,
la trompeta de acordeón
y un palo flamenco funkea.
Se preparan pizzas de arúgula.
El cocinero toca el sax.
Yo improviso el viernes por la noche.
Y todo marcha como debe ser.
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