30.6.13

Filias

Subí al metrobús y como simpre que se puede, me senté del lado de la ventanilla. Unas estaciones después se sentó a mi lado un señor -lo supe por sus pies y su pantalón- que rápidamente se escurrió en el asiento para que sus pies llegaran a colocarse debajo del asiento de enfrente. Traía sandalias. Puso los pies de forma que la señora sentada lo pisara, sin ella notarlo. Para mi sorpresa, no los quitó, como sería el impulso natural: por un momento pensé que se conocían y que le gastaría una broma. No fue así. La señora descendió, y pronto se sentó otra y mi compañero de viaje repitió la operación. Para mi segunda sorpresa, me preguntó si bajaría en la terminal. Seguramente adivinó en mi gesto un por qué. Me dijo que él sí, y que a veces se quedaba dormido. Mirando ahora sí su rostro -calavérico y agudo- le confesé mi filia: Es que a mí me gusta ver por la ventana. Cuando bajé del autobús, recordé esa consigna de la primavera del 68 en París, que Cortázar registró de una pinta: "Inventen nuevas perversiones, yo ya me cansé".

6.6.13

Freud

    Pues sí. Puede resultar bastante tedioso pero tardo una hora en llegar al trabajo. La mayoría de las personas evitarían mi horario: Tengo que salir de casa, a lo más, a las seis de la mañana. Hay días que entro más tarde, pero todo es diferente, más estresado. A las seis de la mañana el metro es hasta agradable: casi todo mundo va dormido, siempre hay lugar y no hay vendedores de discos con sus bocinas estentóreas. Se venden kleenex, galletas y cepillos de dientes -como si sospecharan que la mayoría de los usuarios aún no ha terminado su rutina matutina de higiene personal y por supuesto nadie va desayunado a esa hora.
    Después, debo tomar una camioneta que me deja justo en la puerta. Para llegar allá, debo atravesar una zona industrial redundantemente fea. Lo más terrible que he visto fue un señor, ya entrado en años, caminando desnudo en la banqueta desolada.
    Son ya cuarto para las siete, cuando voy por allí.
    Una mañana, hace como dos años, lo noté. Él estaba en una tienda de conveniencia de ésas que no cierran nunca: solo cierran las puertas, pero el servicio continúa. Sentado en una de esas mesas cuyas sillas están unidas por un tubo rectangular, leyendo el periódico, con un café a un lado. La cabeza totalmente encanecida, y una barba de ésas que podríamos encontrar, mejor, a principios del siglo pasado. El gesto, como dicen, noble. Como personaje, desentonaba de la circunstancia: parecía más bien estar sentado en un café de París, o ya de perdida, de la colonia Roma en un domingo soleado y tranquilo. Ajeno totalmente a la violencia del paisaje lleno de camiones y basura, el tránsito, el ruido y el ajetreo de las fábricas ya en funciones.
    Todas las mañanas, cuando entro a trabajar a las siete, debo -no puedo evitarlo- mirar si está allí. Y está. No sé por qué me gusta verlo allí sentado.
    Un día ya no estaba solo: lo acompañaba una señora, charlaban, reían -tuve oportunidad de ver la escena porque ese día el tránsito estaba especialmente lento. Sonreí.
    Así varias mañanas, hasta que llegó una en la que la señora estaba sola. Me angustié. Pensé lo peor.
    Hoy finalmente volví a verlo y sentí un gran alivio, como si me hubieran perdonado una deuda. Estaba solo, frente a su periódico y su café. El gesto noble. En mi cabeza, se llama Freud.