1.5.13

Working Class Narcissus



My collar is blue
But my neck’s still red
My soul has to grow corns
As well as my middle finger
From writing
From pointing out that
I’ll work and I’ll pay taxes
-I’ll not be certain what good they are, though.
And yet
I won’t stop avoiding death
By reading a gloaming
And listening to the poetry
Of a speechless youngster
Who doesn`t know anything at all
About the daily insanity
Because he’s very busy
Falling in love with
his very own soul.

9.4.13

Lección de Lingüística, parte IV



(a Ludwig Wittgenstein, con amor)

17.3.13

Lección de Lingüística, tercera parte


¿Ha notado usted cómo en los últimos tiempos el vocativo ha perdido su uso casi por completo, exceptuando quizás las madres que insisten en interrumpir las actividades filiales con un grito que va más allá de la capacidad humana, especialmente si se trata de una casa de dos pisos, para llamar a los críos a comer? Es un verdadero lío explicarles el caso vocativo a los alumnos de etimologías, cuando también difícilmente aprehenden el nominativo.

Pareciera que el acusativo ha triunfado más allá de la morfología en el español actual. Para demostrarlo, solo basta con poner atención en el habla de la gente –estuve a punto de escribir coloquial, pero ya se han visto casos en el “habla culta” o por lo menos en lo que nos quieren hacer creer que es un modelo–, y la manera exacerbada en que utiliza el pronombre reflexivo, como si todo se les hiciera a ellos, todo es personal: “Te me desesperas muy rápido”; “Me desayuné muy temprano”; o el terrible “Díceselo” – del que ni siquiera estoy segura de la ortografía.

Por otro lado, los textos académicos que evitan, a toda costa, afirmar algo en primera persona. Yo misma latigueo a mis alumnos cuando empiezan un ensayo por el famosísimo “Yo creo que…” –claro, que no tanto como cuando empiezan con “Bueno,…”. Debe haber un punto en el que se tenga la autoridad suficiente como para poder afirmar algunas cosas desde la primera persona, y del singular. El plural es todavía más molesto: no se sabe si la persona que escribe –o habla– es como un esquizofrénico tipo Gollum. El  peor de los casos, esas personas que siempre van de dos en dos –y que generalmente tienen una relación romántica, de amistad, o me han tocado ya los hermanos que todo el tiempo están juntos– que se les hace imposible narrar cualquier actividad en singular, lo que, además de hacer patente la soledad de uno que escucha, disuelve la personalidad del emisor.

Es evidente, pues, que  tenemos miedo a invocar. Por muy absurdo que esto parezca. Llamar en auxilio era lo que hacían los poetas para iniciar sus textos, encomendándose a las musas. Se invocan los derechos establecidos por las leyes, por la razón; cosas poco desdeñables. ¿Qué pasa cuando escribo sin nominar, sin invocar, tirando la carta en la botella al mar sin esperanza alguna de que sea encontrada y abierta, leída y que de alguna forma sea contestada? La réplica más rápida podría ser el caso de los diarios; sin embargo, un diario –así funcionan– son registros personales, en cuyo caso el mismo autor es el receptor del mensaje embotellado. Y si creemos en eso de que elmismohombrenocruzaunríodosveces, está lista la respuesta. Siempre hay la expectativa de un lector, aunque sea un instante; luego, elaboramos los mensajes con cierta predisposición hacia ese posible receptor. Algún guiño, consciente o no, tendrá el discurso. Tú lo sabes.

14.3.13

Lección de Lingüística, segunda parte


La lengua, concebida como un sistema de representaciones que podemos considerar organizado, cumple un número de funciones limitadas, según Jakobson, por la focalización del elemento predominante en el circuito de la comunicación. Fuera de la función emotiva (concentrada en el emisor), la referencial (contexto) y la apelativa (receptor), las demás hablan per se del acto comunicativo: la fática, metalingüística y poética. Es mucho esfuerzo. La función más enigmática, contrario a lo que románticamente pudiera parecer, no es la poética, sino la fática. Consiste en comprobar que se ha establecido el canal de comunicación. Podríamos reducirlo a una cuestión física –si yo digo algo en voz alta en mi casa, difícilmente me escuchará mi madre, en la suya. Peor aún si se habla –o se hace el intento- con los muertos. Los ausentes no escuchan, y es precisamente porque han decidido –o se ha decidido por ellos- no estar. Entonces nos inventamos otros medios: el telégrafo, el teléfono, y otros teles que aunque no lo lleven en el nombre establecen la distancia en sus significados, entre emisor - receptor. A la distancia, me comunico. No queda claro si esto establece también una "sensación" de cercanía.

Esto plantea, al menos, dos problemas: El famoso “Te digo a ti, Juan, para que tú escuches, Pedro” y lo que se puede englobar, un poco arbitrariamente, en la cuestión epistolar.

Las cartas –y sus versiones contemporáneas (correos electrónicos, mensajes en texto por diferentes vías)- generalmente tienen destinatarios precisos. Es imposible –o al menos mi conocimiento tecnológico no llega a saberlo- mandar un mensaje de texto al aire, y que quiensea lo lea. Las cartas por correo “tradicional” deben llevar un destinatario o serán devueltas al remitente. Pero existen las cartas en botellas que, generalmente escritas por náufragos desesperados, arrojan a la mar infinita con la esperanza de que alguno, quiensea, las lea y actúe consecuentemente. ¿No hacemos eso cuando tuiteamos, actualizamos nuestro estado o publicamos cualquier cosa en la internet? ¿No será que la mayoría de los libros publicados a lo largo de toda la historia de la humanidad son botellas al mar? Y digo la mayoría porque,  como bien sabemos, hay algunos que también tienen destinatarios específicos, mentados o no en dedicatorias, o como en las famosas “etiquetas”.

El escritor que centra su texto en el receptor es desdeñado por la literatura porque precisamente desplaza a la función poética por la apelativa –íntimamente relacionada con la propaganda y la publicidad– dejando en segundo plano los procedimientos estéticos que en teoría deberían de ser su razón de existir. ¿Qué pasaría si un escritor focalizara el texto en saber si se le está leyendo; o, mejor dicho, en saber si está logrando comunicar algo? ¿Se le desdeñaría igualmente por el simple hecho de que su texto se puede reducir a "¿Me escuchas?"

La mayoría de los hablantes de una lengua tienen por sentado que, si el receptor posee la misma, la comunicación será factible, realizable. Los poetas saben que esa lengua es defectuosa y que no logra comunicar lo que se intenta en su estado “natural”; los científicos la desprecian por completo y se han inventado el lenguaje de las matemáticas para ello; (los lingüistas dudan secretamente que la comunicación sea posible del todo) y el resto nos inventamos otros medios, tal vez más burdos, desorganizados, imprecisos, en persecución de ese afán cruel: recurrimos a otras lenguas, manoteamos, insertamos emoticones, enviamos flores, suspiramos y fruncimos el ceño. La comunicación escrita funciona de una manera mucho más compleja. ¿Cómo comprobar el canal? ¿La botella del náufrago es abierta y leída su carta? ¿Se entiende que es una carta de náufrago?

 

17.2.13

Lección de Lingüística parte I

Hay una estrecha relación entre el lenguaje y el pensamiento. Nadie lo puede negar, a pesar de estar o no de acuerdo con Chomsky. Tan es así que he visto cómo la gente no puede entender que "silla" no es el objeto que se designa con ese nombre. Tan es así que lo que en una mente es una silla, no lo es en otra. Tan es así que cuando alguien dice: "Es que sí sé lo que es, pero no puedo explicarlo con palabras" desconfío de que realmente sepa de lo que habla. Si no se puede poner en palabras, es porque no se tiene claro el concepto. Si las palabras que se usan para explicarlo son erróneas, el concepto muy probablemente también lo sea -o esa persona desdeña las palabras, lo cual ya es un indicio grave de apatía intelectual.
Las palabras repetidas una y otra vez en diferentes contextos -o más grave aún, a diferentes personas- pierden su valor. Es como si usáramos un billete para hacer la misma transacción una y otra vez pero con diferentes mercaderes hasta que el billete desaparece. Es como contar un chiste al mismo receptor varias veces, incluso después de que fue explicado.
Muchos no podemos explicar qué es el amor, qué es dios, justicia, odio, humanidad. Afortunadamente, existe la poesía.
La poesía reacomoda los significados mediante la presentación de los mismos significantes en maneras innovadoras. Los poetas entienden ese misterio. Entienden que los nombres se quedan cortos. Entienden que los nombres no son nada. Que decir te amo te amo te amo no significa nada. Que un poema recitado a una y otra amante pierde valor, y también el recitador. Pierde valor incluso de forma retroactiva. Pero también entienden que hay veces que hay que decir que te amo, te odio, te espero, aléjate, sé mío deben decirse cuando deben decirse, y que si no sé que otra cosa decir es porque ya no tengo nada que decir, o no me queda claro, y mejor no digo nada porque el silencio también significa, pero nadie sabe qué quiere decir, porque no dice nada.
Hay otros lenguajes, hay otros pensamientos. Mucho de lo que nos hace humanos lo gastamos en intentar decir algo. La escritura, por ejemplo. Un gesto heróico. Lo que se sospecha entre líneas. La incertidumbre ante la multiplicidad de interpretaciones nos deja peor que desnudos, totalmente desarmados, vulnerables. Tener la certeza de algunas palabras da la fuerza suficiente para iniciar revoluciones, contraer matrimonio, dejar las drogas, creer en algún dios. Entregarse, pues.

20.10.12

Pizza Jazz Café

Un accidente en la lateral de Tlalpan.
Una noche de viernes.
Salir un poco ebrio de un bar para meterse en otro, sin haber tomado una gota de alcohol.
La ciudad, por supuesto.
                                   (No hay jazz para el campo).
Supongo que los músicos y los poetas
tienen lo mismo en común que John Dos Passos y Charlie Mingus.
Y que hay hombres
que son como un poema de Jack Kerouac;
intraducibles, totalmente destruidos, absolutamente hermosos.
Y hay música
y poesía
que no se destruye ni se transforma;
solo se improvisa.
En el desorden de las coincidencias
                          de repente surge una tonada,
un  recuerdo
de un lugar nuevo,
un jazz que se superpone a otro.
El baterista no da el beat.
El bajo hace las veces de guitarra,
la trompeta de acordeón
y un palo flamenco funkea.
Se preparan pizzas de arúgula.
El cocinero toca el sax.
Yo improviso el viernes por la noche.
Y todo marcha como debe ser.

1.9.12

Diversión e ignorancia

diversión. (Del lat. diversĭo, -ōnis). 1. f. Acción y efecto de divertir. 2. f. Recreo, pasatiempo, solaz. 3. f. Mil. Acción de distraer o desviar la atención y fuerzas del enemigo.

      Esta publicación la detonó una pequeña discusión con un ex alumno a partir de una tira cómica que hacía referencia hacia la intolerancia que tienen las personas religiosas hacia las personas que no practican ninguna. El encabezado que yo puse fue algo así como que la burla casi siempre se basa en la discriminación, y ésta, a su vez, en la ignorancia; y la ignorancia nunca es divertida. Me parece que mi alumno me quiso hacer ver que uno no puede estar divertido si se es demasiado racional -cosa que agradezco, pues a veces se me olvida ver diferentes aspectos de la misma cosa. Y sí: brincar en la cama, bailar como idiota con amigos a las cuatro de la mañana, reirse todavía de un chiste que se contó hace horas, por supuesto que requieren de un olvido de la cotidianidad abrumadora de tránsito, claxonazo y alza de precios en la canasta básica. Pero solo eso: un olvido temporal. Mi cinturón de seguridad son los diccionarios. La acepción dos me parece la más adecuada al tema que se trata. Solaz es una de mis palabras favoritas del español, por fonética y por significado:
solaz. (Del prov. solatz). 1. m. Consuelo, placer, esparcimiento, alivio de los trabajos. a ~. 1. loc. adv. Con gusto y placer.
     No se puede vivir trabajando. No se puede vivir siendo absolutamente racional todo el tiempo.Tal vez las cosas que nos causan más placer son aquellas que difícilmente se articulan con claridad en la mente -como cuando, después de un rato, hemos olvidado la causa de una risa que se ha prolongado a tal grado del dolor abdominal. Son esos instantes que después trataremos de reconstruir y organizar y expresar en palabras, pero no podremos reproducir en sensaciones.
      Pero no creo que esa disminución momentánea de razón se contraponga con la ignorancia. Por el contrario: si la ignorancia es la falta de conocimiento -y personalmente me parece que va aunada a cierto grado de apatía- representa una limitante, incluso para la diversión. Un ejemplo muy simple es cuando a alguien le gusta cierta actividad y resulta que por desconocer -es decir, ignorar- que hay un grupo de personas haciéndolo incluso cerca de su vecindario - un club de lectura, un taller de teatro, un vivero en una azotea, un grupo de baile de salón- no la realiza; o sí, pero en soledad. Y tal vez la diversión en soledad sea buena, pero en grupo es dos veces mejor. Después de pasar por un momento divertido nos sentimos mejores personas, y el alza de precios seguirá allí, pero quizá será más soportable. La diversión, así, nos hace conocernos más a nosotros mismos. Nos hace humanos más completos.
    Ni hablar del grupo de gente ignorante y apática que concibe que la diversión es simplemente apartar su mente de la cotidianidad, pero por el simple hecho de enajenarse y embrutecerse mediante la parálisis o la simple inconciencia. Después de un momento así -por ejemplo, con el abuso de drogas, o toda una tarde de sentarse a ver la televisión pero sin prestar atención, o incluso estar frente al monitor de la computadora sin interacutar o hacerlo superficialmente- uno no experimenta el mismo grado de satisfacción, y puede ser que todo lo contrario: una sensación de frustración al haber "perdido tanto tiempo" en algo que en realidad no nos dejó nada.
    Ellos han tomado como verdadera la tercera acepción de diversión, proveniente de la jerga militar -y no por coincidencia- que es precisamente una distracción, un desvío de atención, un debilitamiento de fuerzas contra el enemigo que nos deshumaniza, nos hace estar frustrados, insatisfechos y pasivos, vencidos. Y el enemigo, lo sabemos bien, es el binomio ignorancia + apatía.