27.10.11

Allemande, J. S. Bach. Sensaciones de la corte medieval.

Un roce de terciopelo. Las cuerdas de un laudero cotidiano. Olor a tierra aplastada por los pasos ágiles de unas monjas que, queriendo lo contrario, llaman la atención de los transeúntes. El rostro pálido y cautivo de una doncella que se asoma por una ventana abierta. Las gotitas de zumo a contraluz de una naranja exprimida combatiendo con el olor de la cebolla en la cocina llena de plumas del pato de la cena. Un jardín de lavanda entre los muros gruesos que encierran la ciencia y el misticismo. La piel sudorosa del caballo exhausto de la cacería. El mandil del herrero que resiste las gotas de cerveza derramadas a causa de alegres improperios lo mismo que el calor de la forja. El silencio en el que se sumerge la dama penitente al entrar a la catedral es igual al del niño amamantado en plena calle, a un lado del puesto de manzanas. El olor a humedad de los tejados. Un par de labios rozados por un primer amante. La costra del pan y la grasa del jamón dispuestos en la taberna a no ser desdeñados. Un saludo cortés entre dos peregrinos por la mañana. Un atardecer en la campiña de septiembre, amarilla. Una sortija de rubíes perdida. La risa de los niños que atienden al titiritero cansado de excomulgar. Los leños crispando en el hogar del señor arruinado...

29.9.11

Mefisto Waltz No. 1. Franz Liszt. Enamorarse es un infierno de celos.

Yo la amo. De eso no cabe duda. La amo más que nadie la podrá amar nunca. Nunca se esperó que alguien la llegara amar así, por eso teme, por eso huye, se me escabulle de entre los brazos para serme infiel con el café matutino mientras cree que duermo, con el libro que lee intensamente desde hace unas horas; hasta con el maldito cigarro que fuma –toca más sus labios que yo, eso es seguro. No necesito tenerla cerca todo el tiempo, pero muero por verla cuando la rutina nos separa, cuando está con alguien más, apartándome de sus pensamientos, alejándome brutalmente; cuando nadie más la escucha como yo, como si cada palabra que pronuncia esa boca que debería estar consagrada a llamarme fuera una auténtica verdad revelada por primera vez en la historia de la humanidad, cuando sus ojos –esos ojos que reflejan mi rostro justo antes de besarla– se pasean por los paisajes que recorre a diario lejos de mí; cuando pasa la tarde a la espera de alguien que la hará reír, con esa risa que llena mis oídos cada domingo soleado, que resuena en las paredes de mi casa cuando la ataco con mis dedos que buscan esas explosiones de alegría que yo mismo recuperé de su alma perdida, cuando la encontré desconsolada y sin saber cómo reír; para que otros vengan y cosechen lo que yo he sembrado pacientemente. Yo la amo, y sé que ella me ama, aunque nunca lo dice, aunque a veces vislumbro su soledad inescrutable cuando calla y mira al vacío, aunque a veces no responde cuando la llamo, aunque a veces se lo digo y ella prefiere hablar de la película que pasarán en el cine, aunque no sea su primer amor, ni su gran amor, ni el amor de su vida; me ama, de eso cabe toda duda.

14.8.11

Open spaces, Jonny Greenwood. The desert murderer.

The sky is infinite blue. Clouds are there only to round off the mockery of everything that is outside whenever a whitish trace can be seen up high, almost as if it was out the atmosphere. Heat is not longer an issue but the thirst. I know I have been walking around in circles. In fact, I don’t even know if I want to get somewhere. Perhaps oblivion. But, then, a sudden pleasure arises when I think of meat, better say flesh, being torn at a sharpless steel blade, guided by the power of my hand, my arm, all my muscles, my soul – if there is one.
A woman's perfect, young skin ripping into two reveals what is true, the only truth. The surprise is warmly received by a fountain of thick red liquid, as if the body had been separated from everything, and the only way to express itself was to produce some kind of fluid.
I, on the other hand, am absolutely dry, though I am still sweating, and with blood in my veins – I can feel it specially running inside my head, pounding, hammering the sides of my forehead. It seems I have gained some kind of power which drifts me apart from all human need, yet the thirst pricks me up from the back of my head, and I am to answer the impulse to create a source to quench my craving.
Now, I will turn into dry, red sand, and will be blown away like a scab which wouldn't heal, dry and thirsty, like the desert which conceals in the open all the urges no one will confess.

8.8.11

Nocturno 1, Chopin. La señora de las medias de seda.

La luz naranja del atardecer entra en línea directa por la ventana de la recámara; sin embargo, su espesor lo inunda todo, calienta la madera que intensifica su aroma y se mezcla con los jazmines tempranos de mi perfume. Las partículas de polvo, lejos de ser molestas, hoy son parte de la belleza de este momento. Semidesnudez. Es así como nos encontramos ahora, por suerte. Muchos han tenido que enfrentarse, completamente desnudos, a su destino fatal. Ni siquiera hablo de ropa. ¿Cuántas personas serán capaces de verse a sí mismos tal como son, así, desnudos? Hoy, más que nunca, el mundo voltea la mirada, no por pudor, sino vergüenza auténtica.
Mi rutina era simple, pero elaborada y absolutamente constante. Retocar el peinado, cuando no tocaba la usual visita al salón. Tratar de quitar un poco del olor a humano que nos recuerda nuestro apego a este cuerpo que así, es lamentable. El perfume que con sólo un par de gotas duraría varias horas, sublimando lo que la feminidad debe resaltar: cuello alargado, pechos turgentes, entrepierna recóndita. Lencería hecha a la medida, de los mejores materiales. Ah, y las medias de seda ajustadas con el liguero. Vestido, tocado, zapatos y guantes. Un poco de colorete para esos días pálidos que agonizaban entre conciertos y cenas importantes.
Tuve un marido. Murió al poco tiempo que comenzara esta guerra absurda. Creo que todas lo son. Hasta es absurdo decirlo. Gustaba desvestirme con aún más cuidado del que yo ponía al ataviarme, como si fuese un ritual innecesario pero que mantenía la civilidad de los encuentros íntimos. Civilidad que ahora también se ha perdido, junto con la ilusión de esa intimidad que se posa alrededor de dos amantes abrazados, solos, sudorosos y que, sin tener encima más que una sabana, se sienten más arropados que con las mejores pieles que llegué a poseer.
Tal vez si hoy recuperara alguna de esas medias, de esas pieles, sentiría que recupero la dignidad de señora que alguna vez fui. Tapar de la mejor forma esta vergüenza, que a la luz del atardecer se hace un poco más soportable al reconocer en el horizonte un anochecer largo y silencioso en que, al fin, podemos no mirarnos a los ojos, hacer como que no vemos, como al inicio de este desastre que ha traído la ruina de esta ciudad, de este país, de la humanidad, de mí misma.

Leipzig, Mayo de 1945.

26.7.11

Del alba al mediodía en La mar, de Debussy

Un muchacho, casi un niño despierta en la madrugada. El cabello despeinado, la recámara todavía llena de juguetes hechos a mano, cosas de poca importancia pero de enormísimo valor. Se asoma por la ventana, las estrellas brillan claras en el cielo. Hay algunas constelaciones que ya reconoce; Orión, por ejemplo. Se levanta de un brinco y, sin quitarse la pijama, se pone el grueso suéter de lana, los pantalones y las botas. Comienza a dar de vueltas por la casa. Sube y baja las escaleras empacando los últimos objetos imprescindibles. Se prepara un sándwich. Mientras lo muerde con fervor –todos los muchachos muerden con fervor el primer alimento de la mañana– se pone la gorra y el impermeable. Sale de su casa primero corriendo y, mientras se acerca al muelle, va adquiriendo conciencia de su alrededor, del aire fresco olor a pescado, pero pescado vivo, de algas y de sal.
El bote se divisa a como un pequeño monstruo amigable. El sonido de sus pasos sobre las maderas del muelle lo despiertan por completo a esa nueva vida. Saluda al resto de la tripulación, ahora es uno de ellos. A bordo, todos ya han comenzado sus labores, listos para zarpar. Él corre de un lado a otro cargando cuerdas, siguiendo instrucciones. El bote comienza a alejarse de tierra. El motor de la embarcación hace un ruido constante, su corazón comienza a querer salírsele del pecho. Casi no se sienten las olas, es como si se deslizara sobre el agua. Un grupo de aves parece competir con la embarcación, cruzando el cielo en el que ya se divisa un tono rosado.
El chico se asoma a babor. Corre hacia la proa, el gran gigante amarillo se comienza a divisar en el horizonte de expectativas, que anuncia un nuevo día, mientras aprueba la iniciación del ahora hombre que entorna los ojos en la proa del barco pesquero, con esa mirada –esa mirada que se ha asomado al infinito– que enmarca los pensamientos insoldables de un marinero.

25.7.11

7a. de Beethoven, 2o. movimiento

Con una sola nota baja comienzan los alientos respetables. Luego, la marcha. No hablo de la clasificación de una pieza como marcha, sino como la puesta en movimiento.
Un bosque europeo -austriaco, por obvia referencia- en un atardecer en el que languidece -languidecer, buena palabra para contextualizar el romanticismo- el verano. El verde de la hierba como alfombra de unos gigantes de negras piernas que, a lo alto, se pierden en el gris de la niebla.
Aparecen, marchando -o caminando con solemne paso- unas figuras oscuras a una distancia no tan corta. Podría ser un cortejo fúnebre. El propósito desmerece al no cargar ningún ataúd. Todo parece quedarse inmóvil ante la escena, ni una hoja se mueve de lugar.
Repentinamente aparece una doncella -otra palabra romántica- cabalgando un corcel negro. El cabello rojizo flota por la velocidad; las mejillas rosadas se encarnan mientras resisten el viento frío que las ataca. Ahuyenta el cortejo que abre paso, como cuervos asustadizos, sorprendido, de aquella visión inaudita.
Se reacomodan los ropajes y los sombreros al alejarse la negra figura, mientras corcel y doncella desaparecen en la niebla. En esos bosques, tales encuentros no son raros, pero siempre extraordinarios.
El grupo continúa su marcha, alejándose en un horizonte no tan lontano, mientras el bosque reanuda su aleteo leve de hojas e insectos.

18.2.11

Relatividad

El tiempo es ese traidor que se escurre lento a mis espaldas, sin calcetines. Cuando volteo, ha pasado, y languidezco entre esperas y demoras enumerando nostalgias del futuro cuyo horizonte cada vez está más cerca, entre más lejos lo mire.